viejos robots tocan la música clásica del futuro

viejos robots tocan la música clásica del futuro

En el Congreso de los Estados Unidos hay una comisión sobre marcianos y hace casi cincuenta años unos marcianos de Detroit viajaron a Alemania para fundar el techno. Juan Atkins, Kevin Saunderson y Derrick May miraban a Kraftwerk, unos robots pioneros que ya han esculpido su intemporalidad con sus clásicos electrónicos con un show que ayer por la noche recabó en el Teatro Real, lugar de postín vetusto. Y recordemos que los Daft Punk ya se han quitado sus cascos y declararon que están del lado de la humanidad contra la Inteligencia Artificial. Muchos frentes: Putin, IAs, extraterrestres… Y Kraftwerk aún hoy sintetizando su bella humanidad maquinal al desconcierto.

«Ladies, gentlemen», dice una voz con vocoder. Y los cuatro señores se plantan sin aspavientos delante de sus teclados. El concierto acaba de comenzar con ‘Numbers’, que enlazan con ‘Computer World’ y unos juegos de imágenes en el pantallón que parecen ‘La hora Chanante’ tecno. Los mejores trajes futuristas para la ocasión, ya saben. Y los fotógrafos acreditados limitados para hacer fotografías a los artistas. Ay, los robots, un poco divos. En ‘It’s More Fun to Compute’ cometen incluso algunos preciosos errores, disonancias que suenan a cielo en un teatro que provoca miedo a la muerte estilo imperio, que cantaban Astrud, mientras unas imágenes entre una carta de ajuste y cuadros de Rothko en movimiento.

El lugar se antoja ideal para disfrutar de esta música clásica del futuro, sentadico y degustando las sinfonías robóticas, sin embargo cuando despliegan lisérgica electrónica de after oscura, como en ‘Airwaves’, casi que sería mejor un lugar de pie para bailar y volar. Hablando de volar, en ‘Spacelab’, vemos los mandos de una nave espacial destino España, Madrid, que pasa por Gran Vía y que aparca en el Teatro Real como guiño simpático de los robóticos artistas con la grada. Se les aplaude mucho, en general, y las cabezas se bambolean como hipnótica marea. Los ancianos del escenario no bailan jamás, eso sí.

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El sonido del futuro más antiguo continuaron con ‘The Man Machine’, o sea los Beach Boys industriales con vocoders, siendo el eslogan esta vez ‘Man Machine, super human being’. Sus evocaciones van en esa línea. ‘Art dinamik. Cuisine Dietetik’. Consignas frías y elementos aterradores: Interpol, Deutsche Bank, FBI, Scotland Yard, Chernobyl, Fukushima e Hiroshima… ‘mon amour’. Y ya llega ‘Autobahn’, uno de sus grandes clásicos, apacible electrónica para viajar a un remanso de paz mental.

Siguen con ‘The Model’, una de las más ovacionadas. Las imágenes en blanco y negro de elegantes y delicadas mujeres ante la prensa enlazan con ‘Neon Nights’, una especie de chanson francesa tecno con Ralf Hütter haciendo de crooner espectral. ‘Radioactivity’, su himno sobre la descomposición radioactiva, en un disco conceptual con otra mitad sobre la actividad de la radio, suena fantástica también, en un concierto cuyos graves y percusivos redoblan la intensidad de su bella música, la hacen más mágica y contundente si cabe.

Es el turno ahora de los jadeos de los ciclistas en loop, llega la parte dedicada a su ‘Tour de France’, música de máquina recreativa de soñado presupuesto, que enlaza ahora con otro de sus hits, el ‘Trans-Europe Express’, un homenaje sin dudarlo al interrail con un pasote de imágenes en movimiento de trenes que coordinan con los cambios de la propia canción, siniestros, y, por tanto, un homenaje también a Pedro Sánchez y su política de financiación de adolescentes mochileros (un presidente en funciones que es más de Viva Suecia y Depresión Sonora, aquellos que se definen como ‘Bailes tristes para delincuentes’… y Taburete qué son, ¿bailes kurdos para yihadistas?).

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Volviendo a los robots, llega precisamente ‘We are the robots’, traca final con un recuerdo a sus amigos tecno de yankilandia (‘Detroit, electro. Germany, electro’). Y todo termina, sus dos buenas horas de clásicos retrofuturistas, con un eslogan marca de la casa alemana: ‘La música ideas portará y siempre continuará’. La obsolescencia programada no toca a este arte pionero y, por tanto, eterno.

Por Horacio Germán

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